Rancho de la Merced

Quien pasea por la campiña que rodea Jerez de la Frontera difícilmente imaginaría que, entre viñas y trigales, se está diseñando parte del futuro de la agricultura andaluza.

Desde la carretera, el paisaje parece el de siempre: hileras de cepas, campos de cereal, caminos de tierra y viento de Levante. Nada delata que, tras una discreta entrada, se esconde un auténtico laboratorio al aire libre.

Ese lugar es el Centro IFAPA Rancho de la Merced, uno de los espacios de investigación agraria más importantes del sur de España, integrado en el Instituto Andaluz de Investigación y Formación Agraria y Pesquera (IFAPA).

Aquí no se cultiva solo para cosechar: se cultiva para experimentar, medir y aprender.

Al recorrer la finca, el visitante descubre que no hay parcelas normales. Cada una responde a un ensayo distinto. En una, se prueban nuevas variedades de trigo, que necesiten menos agua. En otra, se estudia cómo reducir fertilizantes sin perder rendimiento. Más allá, las viñas se cultivan con cubiertas vegetales o técnicas diferentes de poda.

«La gente ve un campo de trigo, pero nosotros vemos datos», explica Alejandro Castilla, investigador del centro. «Cada metro cuadrado es información: cuánto produce, cuánta agua consume, cómo resiste el calor o las enfermedades. Esa información luego ayuda a los agricultores a tomar decisiones reales».

Viñas para un clima que cambia

Entre las espalderas se ensayan variedades tradicionales y otras nuevas, más resistentes a las altas temperaturas o a enfermedades. El objetivo es adelantarse a los efectos del cambio climático, que ya está modificando la forma de cultivar.

«Los veranos son cada vez más largos y más secos. Si no investigamos ahora cómo adaptar la viña, dentro de unos años el problema será mucho mayor», señala Castilla.

La investigación continúa en la bodega experimental del centro, donde se elaboran pequeñas partidas de vino para analizar cómo influyen la variedad, el suelo o el manejo del viñedo en el resultado final.

Allí se realizan microvinificaciones, análisis químicos y catas técnicas cuyos resultados se trasladan después a bodegas y viticultores.

Gran parte del trabajo también se dirige a los cultivos herbáceos: trigo, cebada, avena o girasol.

Las sequías recurrentes han convertido estos ensayos en una prioridad. Se prueban semillas más resistentes, nuevas rotaciones y técnicas como la agricultura de precisión, que permite aplicar solo el agua o el fertilizante necesarios.

«Antes se trabajaba mucho por intuición. Ahora intentamos que cada decisión esté respaldada por datos. Eso reduce costes y también el impacto ambiental», comenta Castilla.

Ciencia que sale al encuentro del agricultor

El Rancho de la Merced mantiene un contacto constante con el sector. Se organizan jornadas, cursos y demostraciones prácticas para que los resultados lleguen directamente a agricultores y técnicos. La misión no es solo investigar, sino transferir conocimiento útil.

«Nos gusta decir que somos un puente entre la Ciencia y el agricultor. Si lo que hacemos aquí no llega al campo, no sirve de nada», concluye.

Al caer la tarde, la luz dorada se posa sobre los viñedos y el silencio regresa a la finca. Parece un campo más. Pero bajo esa calma se ha trabajado todo el día midiendo, anotando y probando. Cada cosecha aquí es un experimento y cada experimento, una semilla para el futuro del campo andaluz.